El boom global de las tierras raras —clave para autos eléctricos, turbinas eólicas, electrónica y transición energética— ha puesto a China en el centro del tablero: produce el 69% del suministro mundial y controla más del 90% del procesamiento, gracias a décadas de inversión estatal, tolerancia a altos costos ambientales y dominio total de la cadena de valor. Aunque las tierras raras no son escasas, procesarlas requiere tecnología compleja, grandes inversiones y enfrentar residuos tóxicos, lo que explica por qué Estados Unidos, Europa y otros países abandonaron su producción. En este contexto, América Latina aparece como un territorio lleno de potencial pero aún rezagado en la carrera global: posee enormes reservas, pero sin industria de refinación ni infraestructura para capturar valor.
Brasil concentra el 23% de las reservas mundiales de tierras raras y domina el niobio, mientras Bolivia tiene el mayor depósito de litio del planeta. Sin embargo, obstáculos logísticos, regulatorios y tecnológicos han limitado su capacidad de industrializar estos recursos. Proyectos recientes —como la inversión de EE. UU. en el yacimiento Serra Verde en Brasil— muestran un cambio, pero aún insuficiente. La región enfrenta una decisión estratégica: seguir exportando materias primas de bajo valor o invertir en procesamiento, tecnología y sostenibilidad para escalar en la cadena productiva. En un mundo donde la demanda de minerales críticos podría triplicarse hacia 2030, Latinoamérica está ante una ventana histórica que definirá su papel en la economía global del siglo XXI.
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