Irán enfrenta un fenómeno que trasciende lo económico y se aproxima peligrosamente a lo político: una inflación que supera el 40% anual desde hace años y que, según reportes locales, empezó a generar variaciones acumuladas en bienes esenciales superiores al 2.000% en periodos cortos. A diferencia de los titulares centrados en sanciones, tensiones militares o rivalidades geopolíticas, el principal riesgo para la estabilidad del régimen no proviene del exterior, sino del deterioro acelerado del poder adquisitivo. La crisis inflacionaria está erosionando los subsidios que durante décadas han funcionado como amortiguadores sociales —energía barata, alimentos y empleo público— y rompiendo el contrato implícito que sostiene a regímenes autoritarios: estabilidad económica mínima a cambio de control político. En paralelo, la depreciación del rial frente al dólar deteriora expectativas, fomenta dolarización informal y reduce la capacidad del Estado para sostener gasto, lo que a su vez retroalimenta la inflación.
El riesgo para Teherán no está solo en el empobrecimiento acelerado, sino en el cambio en la naturaleza de las protestas. En la medida que el conflicto se vuelve económico —salarios insuficientes, alquileres impagables, bienes básicos encarecidos— resulta más difícil criminalizar la inconformidad con narrativas ideológicas o acusaciones externas. Casos como Venezuela y Argentina demuestran que la inflación persistente puede destruir tejido productivo, deslegitimar instituciones, forzar dolarización de facto y reconfigurar la relación entre Estado y sociedad, incluso sin derrocamientos inmediatos. En Irán, el círculo vicioso entre sanciones, restricción externa, emisión monetaria y subsidios insostenibles ya está en marcha y plantea una pregunta clave para empresas, analistas y gobiernos: ¿por cuánto tiempo puede sostenerse un régimen cuando su moneda deja de cumplir su función y la vida cotidiana se vuelve económicamente inviable?