Durante décadas, el comercio mundial se apoyó en corredores previsibles como el Canal de Suez, el estrecho de Malaca y el Canal de Panamá, infraestructuras que no solo movilizan mercancías, sino poder geopolítico. Sin embargo, en el extremo norte emerge una alternativa impulsada por Rusia y China: la llamada Ruta de la Seda Polar, basada en la Ruta Marítima del Norte que bordea la costa ártica rusa. El deshielo progresivo ha ampliado las ventanas de navegación y permite reducir hasta en 30 % la distancia entre puertos del este asiático y el norte europeo frente al trayecto tradicional. Menos días de tránsito implican ahorro de combustible, menor costo financiero y rotación más eficiente de flota. Pero su relevancia no es solo logística: es estratégica. Moscú busca disminuir su exposición a corredores influenciados por Occidente y consolidar su desarrollo energético en el Ártico; Beijing, por su parte, intenta diversificar rutas y reducir su vulnerabilidad en puntos críticos como Malaca.
Aun así, el corredor ártico está lejos de sustituir a las rutas tradicionales. Su navegabilidad sigue siendo estacional, la infraestructura portuaria es limitada y los riesgos climáticos elevan costos de seguro. Además, opera bajo jurisdicción rusa en un contexto de sanciones y rivalidad geopolítica, lo que restringe su adopción por grandes navieras occidentales. Hoy moviliza una fracción del volumen que pasa por Suez, pero su importancia radica en el potencial de mediano y largo plazo: si el cambio climático amplía la ventana operativa, si la inversión en infraestructura se acelera y si las tensiones en corredores tradicionales aumentan, la Ruta del Hielo podría consolidarse como un eje estratégico para energía y cargas específicas. No es una revolución inmediata del comercio global, pero sí una variable estructural nueva en la arquitectura marítima internacional.