En la actualidad nos informamos principalmente a través de redes sociales, las cuales no están diseñadas para informar, sino para retener nuestra atención. Al mostrarnos solo lo que se alinea con nuestros sesgos, destruyen el puente con “el diferente”. Creemos que nuestra pantalla es el reflejo del mundo real, cuando en realidad es un espejo de nosotros mismos.
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Esta situación la tienen clara los candidatos presidenciales, por eso los punteros de las encuestas evitan los debates. Es una estrategia calculada. Saben que en el ecosistema actual el debate con argumentos penaliza más de lo que premia. Prefieren emitir monólogos controlados en sus propios canales y así destruir el puente con “el diferente”.
Sin debates y sin confrontación de ideas racionales, la democracia se vacía de contenido. El ciudadano termina eligiendo desde la visceralidad (el miedo o la rabia), nublando la capacidad de tomar decisiones óptimas, las cuales requieren un equilibrio entre cabeza y corazón.
Si elegimos de esa manera nos enfrentamos a dos opciones de futuro conversacional; una que es la continuidad del gobierno actual donde la información institucional es ambigua, dispersa, y donde se evita la rendición de cuentas clara ante la prensa y la oposición; y otra donde el liderazgo se vuelve hermético, dogmático y cerrado a la controversia. Bajo esta línea, cualquier argumento contrario no se debate, sino que se ataca, profundizando la fractura social.
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