Durante décadas, Alemania construyó su poder sobre una fórmula que parecía infalible: exportaciones industriales, energía barata proveniente de Rusia y acceso privilegiado al mercado de China, mientras la seguridad quedaba bajo el paraguas de OTAN. Ese equilibrio permitió disciplina fiscal, liderazgo manufacturero y una política exterior prudente. Sin embargo, la guerra en Ucrania rompió simultáneamente esos pilares: la energía se encareció, las cadenas de suministro se politizaron y la protección automática de aliados dejó de darse por sentada. El resultado es un cambio profundo en la forma como Berlín entiende su papel en el mundo.
El nuevo entorno obliga a priorizar defensa, autonomía tecnológica y reducción de dependencias. El aumento sostenido del gasto militar, la presencia permanente de tropas en el flanco oriental europeo y la búsqueda de producción local de insumos críticos muestran que la potencia industrial ahora se prepara para un escenario de rivalidad prolongada. Este viraje ocurre además en medio de estancamiento económico, pérdida de competitividad energética y una relación cada vez más tensa con Beijing, hoy más competidor que cliente. Alemania descubre que exportar ya no basta: la seguridad económica exige capacidad de disuasión, resiliencia industrial y mayor liderazgo político dentro de Europa.