El Ártico dejó de ser una zona congelada y aislada. Ahora es una de las regiones más estratégicas del mundo en términos energéticos, comerciales y militares. Groenlandia —territorio autónomo que depende de Dinamarca— tiene una extensión ligeramente mayor a la de México. Un 80 % de su superficie está cubierta por hielo y la población es de apenas 57.000 habitantes.
Sin embargo, bajo su apariencia inhóspita se concentran recursos que hoy son claves para la transición energética global. Entre ellos están grandes depósitos de tierras raras (los mayores del mundo después de China), posibles reservas de petróleo y gas. Además, tiene una posición geográfica que podría transformar las rutas marítimas entre Estados Unidos, Europa y Asia.
Esto es cada vez más cierto a medida que el deshielo habilita nuevos corredores de navegación. Esta combinación explica por qué Estados Unidos, Rusia y China han acelerado su interés por aumentar influencia económica y militar en la región. También explica por qué Washington llegó a plantear formalmente su compra en cuatro momentos históricos: 1867, 1910, 1946 y más recientemente en 2019 bajo la administración Trump.
Además del componente energético y tecnológico, el factor militar es determinante. Rusia controla cerca del 50 % del territorio del Ártico y anunció un plan de 15 años para incrementar infraestructura, romperhielos, bases militares y operaciones de entrenamiento en clima extremo. Para Estados Unidos, Groenlandia representa una plataforma para vigilar y contener a Moscú. Además, quiere asegurar supremacía operacional en una región que podría convertirse en un nuevo eje de competencia global.
A pesar del interés estadounidense, Dinamarca y Groenlandia han reiterado que la isla no está en venta. Su valor económico es difícil de cuantificar. Estimaciones comparadas con Alaska la sitúan en el rango de USD 195 millones, mientras que métodos basados en múltiplos de PIB elevan la cifra a USD 42.600 millones.
Más allá del número, el mensaje es claro: el Ártico ya es parte central del tablero geopolítico del siglo XXI y el interés no disminuirá. Para las empresas, inversionistas y gobiernos, la pregunta no es si habrá una redistribución del poder en el Ártico. En cambio, es quién la liderará y con qué implicaciones comerciales, energéticas y tecnológicas.