La detención de Nicolás Maduro a comienzos de 2026 aceleró un efecto dominó en el Caribe: Cuba perdió su principal fuente de petróleo subsidiado y quedó expuesta a una restricción energética crítica. Con los envíos venezolanos prácticamente en cero, la isla pasó de recibir cerca de 37.000 barriles diarios en 2025 a volúmenes marginales provenientes de entregas aisladas. El resultado ya es visible en apagones prolongados, limitaciones al transporte, freno industrial y mayores presiones sobre una economía que carece de divisas suficientes para abastecerse en el mercado internacional.
La respuesta de Washington elevó aún más el riesgo. Una orden ejecutiva firmada por Donald Trump habilita sanciones y aranceles contra terceros países o empresas que suministren crudo a La Habana, convirtiendo la energía en el principal instrumento de presión geopolítica. Aunque la asfixia puede deteriorar las condiciones internas, la experiencia histórica muestra que el colapso político no es automático: Cuba ha resistido décadas de restricciones externas. El interrogante ahora no es solo cuánto petróleo queda, sino cuánto tiempo puede sostenerse la estabilidad económica bajo un choque prolongado de abastecimiento.