El Estrecho de Ormuz se ha convertido en el punto más crítico de la economía global en 2026. Por este corredor marítimo —de apenas unos kilómetros de ancho en sus rutas de navegación— transita cerca del 20% del petróleo mundial y una quinta parte del gas natural licuado, conectando a grandes productores energéticos como Arabia Saudita, Irak, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y Catar con el resto del planeta. La escalada militar entre Irán y Estados Unidos ha reducido drásticamente el tráfico marítimo, generando un choque que va mucho más allá del precio del petróleo: gas natural, fertilizantes, microchips y bienes industriales dependen de rutas que hoy enfrentan ataques con drones, minas marinas y riesgos financieros crecientes. En Europa, el gas ya ha registrado fuertes aumentos, mientras que la suspensión temporal de producción energética en Catar amenaza con eliminar una porción clave del suministro global.
El impacto potencial se extiende a toda la cadena productiva mundial. El puerto de Puerto de Jebel Ali, uno de los centros logísticos más importantes del planeta, ha enfrentado interrupciones operativas, mientras grandes navieras como Maersk, MSC Mediterranean Shipping Company y Hapag-Lloyd han suspendido rutas hacia el Golfo Pérsico. A esto se suma el encarecimiento de fertilizantes derivados del gas natural, un factor crítico para la producción agrícola global y particularmente relevante para economías agroexportadoras de América Latina como Brasil y Argentina. Si la interrupción se prolonga, los analistas advierten que el mundo podría enfrentar un escenario de inflación energética, presión sobre alimentos y disrupciones logísticas simultáneas, un choque que pondría a prueba la resiliencia del comercio internacional en plena transición geopolítica.