Tras el alivio que dejaron los mercados en 2025 —bolsas al alza, inflación retrocediendo y expectativas de recortes de tasas— el comienzo de 2026 cambió radicalmente el humor de los inversionistas. El oro se disparó hasta niveles cercanos a US$5.600 por onza, mientras fondos globales migran hacia bonos del Tesoro y monedas refugio. La volatilidad regresó en cuestión de semanas y reabrió una pregunta incómoda: ¿era real la estabilidad o solo una pausa antes de nuevas turbulencias? El giro ocurre en medio de tensiones comerciales renovadas, cadenas de suministro más frágiles y señales de desaceleración simultánea en economías clave como China y Europa.
Detrás del nerviosismo aparece un problema estructural: el peso de la deuda y los déficits fiscales. En 2025 la deuda pública global rondó el 95 % del PIB mundial, con grandes economías operando con desbalances superiores al 5 %. A esto se suman choques políticos que impactan expectativas: disputas arancelarias entre aliados históricos, presiones sobre la autonomía de bancos centrales y dudas sobre la capacidad de los gobiernos para sostener el crecimiento sin nuevos estímulos. No es una crisis declarada, pero sí un entorno donde el margen de error es cada vez menor. El mercado dejó de celebrar el aterrizaje suave y volvió a prepararse para un escenario de corrección.