La crisis del comercio internacional en 2026 marca un punto de quiebre para la economía global, especialmente para los países en desarrollo. La parálisis de la Organización Mundial del Comercio ha eliminado en la práctica el sistema que garantizaba reglas claras y mecanismos de defensa frente a prácticas comerciales abusivas. Sin un órgano de apelación funcional, las disputas quedan congeladas indefinidamente, permitiendo que las grandes potencias impongan aranceles y restricciones sin consecuencias reales. Este vacío institucional ha transformado el comercio en un escenario dominado por el poder económico y político, donde las economías más pequeñas pierden capacidad de negociación y ven amenazada su estabilidad exportadora.
Al mismo tiempo, estrategias como el friendshoring y el nearshoring están fragmentando el mercado global en bloques políticos, obligando a los países emergentes a elegir entre alianzas que pueden limitar su acceso a inversión, tecnología y mercados. Esta reconfiguración afecta especialmente a regiones ricas en minerales críticos, que ahora enfrentan presiones geopolíticas sin un marco multilateral que las respalde. El resultado es un entorno de mayor inflación, menor inversión extranjera y desaceleración del crecimiento, donde la falta de reglas claras no solo redefine el comercio internacional, sino que pone en riesgo la capacidad de los países en desarrollo para sostener empleo, financiar servicios básicos y mantener su estabilidad económica.