¿Qué pasaría si les dijera que una sola decisión técnica, tomada en junio de 2025, sumó 125 millones de personas a las estadísticas de pobreza del mundo en un solo día? Hoy, uno de cada diez seres humanos vive con menos de tres dólares al día. Pero esa cifra esconde algo más complejo de lo que parece.
El Banco Mundial subió la línea con la que mide la pobreza extrema, y de un día para otro, 125 millones de personas pasaron a contarse dentro de la estadística. El punto clave es este: ser pobre no es un hecho que simplemente se observa, es un umbral que se define. Y según dónde se coloque ese umbral, el número de pobres del planeta cambia por cientos de millones. Hoy vamos a explicar, qué significa realmente la pobreza, por qué existen distintos niveles para medirla y por qué el ingreso diario es solo una parte del problema. Porque mientras 808 millones de personas viven en pobreza extrema por ingresos, otra medición distinta cuenta 1.100 millones de pobres en el mundo. ¿Cómo pueden coexistir dos cifras tan diferentes? La respuesta empieza por una pregunta básica que casi nadie se hace.
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¿Qué significa realmente ser pobre?
La palabra pobreza se usa a diario, pero definirla con precisión es más difícil de lo que parece. En el sentido más amplio, la pobreza es una situación de privación: la imposibilidad de cubrir un conjunto de necesidades consideradas básicas para vivir con dignidad. El problema es que esa definición abre de inmediato dos preguntas. ¿Qué cuenta como necesidad básica? ¿Y cuánto dinero, o cuántos recursos, hacen falta para cubrirla?
Para resolver esto, los organismos internacionales no usan una sola definición, sino varias herramientas de medición que conviven entre sí. La más conocida mide la pobreza a través del dinero: cuánto ingresa o cuánto consume una persona en un día. Otra herramienta mira directamente las condiciones de vida: si la vivienda tiene agua potable, si los niños asisten a la escuela, si el hogar cocina con combustibles seguros. Cada método ofrece una fotografía parcial. Y cuando se combinan, revelan que la pobreza no es un estado único, sino una escala con varios niveles de gravedad.
La pobreza monetaria: la línea de los tres dólares
La forma más difundida de medir la pobreza es la línea internacional de pobreza, un umbral de ingreso o consumo diario por persona. En junio de 2025, el Banco Mundial actualizó ese umbral y fijó la pobreza extrema en 3,00 dólares diarios, medidos en paridad de poder adquisitivo de 2021 que es una medida de la cantidad de moneda local necesaria en cada país para adquirir bienes y servicios del mismo valor. Quien vive con menos de esa cantidad se considera en pobreza extrema. El límite anterior era de 2,15 dólares, y el simple ajuste de la cifra explica por qué 125 millones de personas entraron de golpe en la estadística: el conteo pasó de 713 millones para 2022 a 838 millones de personas, sin que la realidad material cambiara ese día.
Pero la pobreza extrema es solo el escalón más bajo. El Banco Mundial maneja también una línea de 4,20 dólares diarios, típica de los países de ingreso medio-bajo, y otra de 8,30 dólares, propia de los países de ingreso medio-alto. Estas líneas funcionan como una escalera. Y los números son contundentes: casi una de cada cinco personas en el mundo vive con menos de 4,20 dólares al día, y cerca de la mitad de la población mundial sobrevive con menos de 8,30 dólares diarios.
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Para 2025, las estimaciones ubican la pobreza extrema mundial en torno a 808 millones de personas, alrededor del 9,9% de la humanidad. La cifra ha bajado a lo largo de las décadas, pero el avance se concentra de forma desigual. Más de tres cuartas partes de las personas en pobreza extrema viven hoy en África subsahariana o en países afectados por conflictos. Mientras una región reduce la pobreza, otra la acumula.
Pobreza absoluta y pobreza relativa: dos formas de contar
Existe una distinción conceptual que ayuda a entender por qué las cifras varían tanto entre países. La pobreza absoluta se mide contra un umbral fijo: el costo de un conjunto mínimo de bienes y servicios indispensables, como alimentación, vivienda y salud. Ese umbral no cambia porque el resto de la sociedad se enriquezca. La línea de los 3,00 dólares diarios es un ejemplo de medición absoluta, y es la que se utiliza para comparar la pobreza extrema entre los países más pobres del mundo.
La pobreza relativa funciona de otra manera. En lugar de un umbral fijo, se define en relación con el nivel de vida promedio de cada sociedad. Por lo general, se considera en pobreza relativa a quien vive con un ingreso muy por debajo de la mediana de su país. Bajo este criterio, una persona puede no estar en pobreza extrema, pero sí quedar excluida de las condiciones de vida normales de su entorno. Este enfoque, usado con frecuencia en países de altos ingresos, mide menos la supervivencia y más la desigualdad y la exclusión social. Por eso un país puede tener pobreza absoluta casi nula y, al mismo tiempo, una pobreza relativa significativa.
Más allá del ingreso: la pobreza multidimensional
Medir la pobreza solo por el dinero deja un punto ciego. Una familia puede superar la línea de los 3,00 dólares y, aun así, no tener acceso a agua potable, electricidad o educación. Para capturar esa realidad existe el Índice de Pobreza Multidimensional, elaborado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y la Universidad de Oxford.
Este índice no pregunta cuánto gana una persona, sino qué carencias enfrenta de manera simultánea. Evalúa tres dimensiones del bienestar: salud, educación y nivel de vida, repartidas en diez indicadores concretos, como la nutrición, los años de escolaridad, el acceso a saneamiento, el agua, la electricidad o el tipo de combustible para cocinar. Una persona se considera multidimensionalmente pobre cuando acumula privaciones que superan un tercio de esos indicadores ponderados.
Para entender la pobreza multidimensional, imaginemos un hogar rural en una zona apartada. La familia logra ingresos superiores a los tres dólares diarios por persona, lo que técnicamente la deja fuera de la pobreza extrema monetaria. Sin embargo, cocina con leña dentro de la vivienda, no cuenta con servicio de saneamiento, uno de los hijos abandonó la escuela y otro presenta desnutrición crónica.
Bajo el lente del ingreso, esta familia no aparece como pobre. Bajo el lente multidimensional, acumula privaciones simultáneas en salud, educación y nivel de vida, y queda clasificada como pobre multidimensional aguda. El caso contrario también ocurre: un hogar urbano con ingresos por debajo del umbral, pero con acceso a agua potable, electricidad, escuela cercana y atención médica, puede aparecer como pobre monetario sin serlo en términos multidimensionales. Por eso ambas mediciones son complementarias, no sustitutas, y suelen usarse en conjunto.
Los resultados de 2025 muestran la otra cara de la pobreza. De 6.300 millones de personas analizadas en 109 países, 1.100 millones viven en pobreza multidimensional aguda, es decir, el 18,3% de esa población. Más de la mitad de esas personas son niños. Y un dato adicional dimensiona el problema: cerca del 80% de la población en pobreza multidimensional, unos 887 millones de personas, está expuesta a riesgos climáticos como olas de calor extremo, inundaciones, sequías o contaminación del aire. La pobreza dejó de analizarse como un problema aislado de ingresos para entenderse como una red de carencias conectadas entre sí.
La pobreza en américa latina: una radiografía regional
La región permite ver cómo estos conceptos se traducen en cifras cercanas. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, en 2024 el 25,5% de la población latinoamericana, unos 162 millones de personas, vivía en situación de pobreza por ingresos. Es el nivel más bajo desde que existen datos comparables. De ese total, 62 millones de personas, el 9,8% de la población, se encontraban en pobreza extrema.
Cuando se cambia el lente y se mide la pobreza multidimensional, la fotografía se amplía: esta forma de pobreza alcanza al 27,4% de la población regional. Las diferencias entre países son profundas. En naciones como Guatemala y El Salvador la incidencia supera el 50%, mientras que en Chile, Uruguay y Costa Rica se ubica por debajo del 6%. Una misma región contiene realidades opuestas, y el promedio regional oculta esas brechas internas tanto como las revela.
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Por qué medir bien la pobreza sí importa
Podría parecer que estas distinciones son un asunto estadístico sin consecuencias prácticas, pero ocurre lo contrario. La forma de medir la pobreza determina quién recibe ayuda y quién queda fuera de los programas sociales. Si un gobierno solo mide ingresos, puede ignorar a hogares con carencias graves de vivienda o salud. Si solo mira el promedio nacional, puede pasar por alto regiones enteras rezagadas.
El cambio de línea de 2025 hizo que 125 millones de personas se sumen a las estadísticas por una actualización metodológica y no es un detalle menor: afecta la percepción del progreso global, la asignación de recursos internacionales y la urgencia con la que se diseñan las políticas. Por eso conviven varias mediciones complementarias. Ninguna es perfecta por sí sola, y la combinación de todas ofrece la imagen más fiel de un fenómeno que es, al mismo tiempo, económico, social y ambiental.
Las preguntas que deja la pobreza
Entender la pobreza obliga a aceptar que no existe un único número verdadero, sino varias formas legítimas de contarla. La línea de los tres dólares mide la supervivencia básica; la pobreza relativa mide la exclusión dentro de cada sociedad; y la medición multidimensional revela las carencias que el dinero no logra mostrar. Cada herramienta responde una pregunta distinta, y por eso las cifras nunca coinciden del todo.
Esto deja varias preguntas abiertas para la reflexión. Si el umbral de la pobreza es una decisión humana y no un hecho natural, ¿quién debería tener la autoridad de fijarlo? ¿Es suficiente sacar a una persona de la pobreza extrema por ingresos si sigue sin acceso a agua, salud o educación? ¿Y tiene sentido hablar de progreso global cuando ese progreso se concentra en unas regiones mientras otras retroceden? Quizá la pregunta de fondo no sea cuántos pobres hay en el mundo, sino qué estamos dispuestos a aceptar como un mínimo digno para cualquier ser humano.
Detrás de cada cifra que vimos hoy hay una vida concreta: un niño que no fue a la escuela, una familia que cocina sin combustible seguro, un hogar que sobrevive con menos de lo que cuesta un café en muchas ciudades. La pobreza no es un número lejano; es la medida de lo que una sociedad decide tolerar. Así que la pregunta te la dejamos a ti: si pudieras definir el umbral mínimo para vivir con dignidad, ¿dónde lo pondrías? Déjanos tu respuesta en los comentarios y debatamos.
Fuentes:
Banco Mundial – Poverty and Inequality Platform.
Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y Oxford Poverty and Human Development Initiative (OPHI).
Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), Panorama Social de América Latina 2024.
Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF).