América Latina cerró 2024 con la tasa de pobreza más baja desde que existen registros: 25,5% de la población, equivalente a 162 millones de personas, según datos del Banco Mundial y la CEPAL. Entre 2022 y 2024, entre 20 y 25 millones de personas salieron de la pobreza, impulsadas principalmente por Brasil y México. Brasil redujo su pobreza de 25,3% a 20,6% en solo un año, sacando a 8,6 millones de personas, mientras que México explicó cerca del 60% de la reducción regional. Otros países como República Dominicana, Paraguay, Costa Rica y Colombia también mostraron avances, aunque más moderados. Sin embargo, este progreso es altamente concentrado: sin Brasil y México, la reducción regional habría sido marginal, lo que deja en evidencia profundas brechas entre países y modelos económicos dentro de la región.
Artículos Especiales: análisis y cifras
El problema estructural que persiste es la desigualdad. América Latina sigue siendo una de las regiones más desiguales del mundo, con un coeficiente de Gini cercano a 49 puntos, muy por encima del umbral de alta desigualdad. Además, cerca del 32% de la población vive en situación de vulnerabilidad, con ingresos apenas por encima de la línea de pobreza, expuesta a caer nuevamente ante cualquier choque económico. La informalidad laboral, que afecta a ocho de cada diez trabajadores pobres, limita el acceso a protección social y perpetúa ciclos de precariedad. Mientras países como Uruguay, Chile, Brasil y México combinaron empleo formal, control de inflación, diversificación productiva y programas sociales enfocados en empleabilidad, otros como Honduras, Guatemala o Haití mantienen economías poco diversificadas, instituciones débiles y altos niveles de corrupción. La conclusión es incómoda pero clara: la pobreza puede reducirse, el modelo existe y ya fue probado, pero sin reformas institucionales profundas y crecimiento con valor agregado, el progreso seguirá siendo frágil y profundamente desigual.