Durante décadas, la globalización tuvo una etiqueta clara: Made in China. El país se consolidó como la gran fábrica del mundo gracias a bajos costos laborales, ventajas fiscales agresivas y una apertura pragmática al capital extranjero desde finales de los años setenta. Sin embargo, ese modelo empezó a resquebrajarse con el aumento sostenido de los salarios, la eliminación de incentivos fiscales y, sobre todo, con el giro político bajo el liderazgo de Xi Jinping. A esto se sumaron las guerras comerciales con Estados Unidos, las restricciones tecnológicas, el deterioro del clima geopolítico y la percepción creciente de que depender de China implica un riesgo estratégico. El resultado ha sido una salida progresiva —pero constante— de empresas multinacionales que buscan diversificar sus cadenas de suministro y reducir su exposición al gigante asiático.
Contrario al consenso inicial, India no ha logrado absorber plenamente esta relocalización industrial debido a su complejidad regulatoria, deficiencias logísticas y barreras estructurales al capital extranjero. Los verdaderos ganadores están emergiendo en el sudeste asiático y economías estratégicas: Vietnam se posiciona como el principal receptor industrial por su cercanía a China, costos competitivos y acuerdos comerciales clave; Indonesia avanza con una política agresiva de industrialización basada en el control de materias primas críticas como el níquel; Malasia se consolida en semiconductores; y México capitaliza el nearshoring hacia Estados Unidos. No estamos ante una nueva China, sino ante una globalización fragmentada, donde la seguridad, la geopolítica y la cercanía pesan tanto como el costo. El monopolio industrial chino no ha desaparecido, pero sí ha terminado.