La ofensiva militar contra Irán lanzada el 28 de febrero de 2026 por Estados Unidos e Israel —que incluyó bombardeos sobre Teherán y las instalaciones nucleares de Natanz y Fordow— no solo reconfiguró el equilibrio de poder en Medio Oriente, también expuso los límites de la relación entre Teherán y China. A pesar del acuerdo de cooperación de 25 años firmado en 2021 y del papel de Beijing como principal comprador de crudo iraní durante años de sanciones, la respuesta china fue estrictamente diplomática: llamados al cese del fuego y a la negociación en foros internacionales. El cálculo estratégico es claro. Para China, Irán representa apenas una fracción de sus intereses energéticos —alrededor del 13% de sus importaciones de petróleo— y las inversiones prometidas en infraestructura nunca se materializaron a la escala anunciada. La relación, más que una alianza militar, ha sido una asociación comercial pragmática.
Artículos Especiales: análisis y cifras
La verdadera preocupación de Beijing en esta crisis no fue la supervivencia del régimen iraní sino la estabilidad del Estrecho de Ormuz, corredor por donde transita entre el 40% y el 55% del combustible que consume la economía china. Mientras el tráfico de petroleros se desplomaba y los precios del crudo subían más de 20% en cuestión de días, Beijing optó por presionar discretamente a Teherán para garantizar el paso seguro de sus buques, priorizando la seguridad energética y la estabilidad económica. En paralelo, el gobierno de Xi Jinping evitó escalar el conflicto con Washington, consciente de que la relación con Estados Unidos sigue siendo decisiva para el comercio global y el crecimiento chino. El episodio revela una lección clave del nuevo orden internacional: en el siglo XXI, incluso las alianzas más visibles están subordinadas a cálculos económicos y estratégicos, donde el pragmatismo pesa más que la solidaridad geopolítica.