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¿Por qué EE. UU. tiene la deuda más grande de la historia y nadie le cobra?

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Estados Unidos debe más de 39 billones de dólares. La cifra es tan grande que resulta difícil de imaginar. Equivale a más de 114.000 dólares por habitante y supera el tamaño total de la economía estadounidense. Sin embargo, lo más sorprendente no es el monto de la deuda, sino que el resto del mundo sigue prestándole dinero con relativa tranquilidad.

Si un país emergente acumulara una deuda equivalente al 122% de su Producto Interno Bruto, los mercados probablemente exigirían tasas de interés mucho más altas, las agencias de riesgo emitirían alertas y los inversionistas comenzarían a retirar capital. Con Estados Unidos ocurre algo diferente. Aunque la deuda crece año tras año, continúa siendo considerado uno de los destinos más seguros para invertir.

La explicación no está únicamente en el tamaño de su economía. Está en una arquitectura financiera internacional construida durante más de ocho décadas, que convirtió al dólar en la moneda dominante del planeta.

El origen del privilegio

Para entender por qué Estados Unidos puede endeudarse como ningún otro país, hay que remontarse a 1944. Ese año, en la conferencia de Bretton Woods, las principales potencias aliadas diseñaron las reglas del sistema financiero internacional que surgiría después de la Segunda Guerra Mundial.

El acuerdo estableció al dólar como la moneda central del sistema global. Inicialmente estaba respaldado por oro, pero incluso después de que ese vínculo desapareciera en 1971, la moneda estadounidense mantuvo su posición dominante.

Hoy el comercio internacional, las reservas de los bancos centrales, buena parte de las materias primas y una gran proporción de la deuda mundial continúan denominados en dólares.

Como resultado, existe una demanda permanente de activos estadounidenses. Los gobiernos, bancos centrales, fondos de inversión y empresas necesitan dólares para operar, lo que permite a Washington financiarse en condiciones privilegiadas.

Si quieres entender cómo el dólar se convirtió en la moneda más importante del planeta y por qué sigue siendo el centro del sistema financiero internacional.

¿Quién financia la deuda estadounidense?

Cuando se habla de deuda pública, muchas personas imaginan a gobiernos extranjeros prestando dinero a Estados Unidos. Eso ocurre, pero solo parcialmente.

Según datos del Departamento del Tesoro, los inversionistas extranjeros poseen alrededor de 9,5 billones de dólares en bonos estadounidenses. Japón encabeza la lista, seguido por Reino Unido y China.

Sin embargo, la mayor parte de la deuda está en manos de actores internos: fondos de pensiones, fondos mutuos, compañías aseguradoras, agencias gubernamentales y la propia Reserva Federal.

En otras palabras, una porción importante de la deuda estadounidense es dinero que el gobierno se debe a sí mismo a través de distintas instituciones.

Lo que hace atractivos estos bonos es que siguen siendo considerados el activo financiero más seguro del mundo. Son líquidos, tienen un mercado gigantesco y están respaldados por la economía más grande del planeta.

Aun así, las señales de alerta han comenzado a aparecer. Las tres grandes agencias calificadoras ya retiraron la máxima nota crediticia a Estados Unidos. La más reciente fue Moody’s, que argumentó que el crecimiento de los déficits fiscales y de los pagos de intereses representa un riesgo creciente para las finanzas públicas.

La trampa de los acreedores

Uno de los aspectos más curiosos de la deuda estadounidense es que muchos de sus acreedores no tienen incentivos para exigir un pago acelerado.

Tomemos el caso de China. Durante años acumuló enormes cantidades de bonos del Tesoro como resultado de sus superávits comerciales con Estados Unidos. Si Pekín decidiera vender masivamente esos activos para presionar a Washington, provocaría una caída en el precio de los bonos y perdería dinero sobre sus propias inversiones.

Además, una venta masiva fortalecería el yuan frente al dólar, encareciendo las exportaciones chinas y perjudicando a su propia economía.

La misma lógica aplica para otros grandes acreedores. El sistema genera una relación de interdependencia donde los principales tenedores de deuda también dependen de la estabilidad financiera estadounidense.

La competencia económica entre Estados Unidos y otras potencias está transformando lentamente el sistema monetario internacional.

La ventaja que ningún otro país tiene

Existe una diferencia fundamental entre Estados Unidos y la mayoría de los países del mundo: su deuda está denominada en la moneda que él mismo emite.

Cuando países como Argentina o Grecia enfrentaron crisis fiscales, no podían imprimir dólares o euros para pagar sus obligaciones. Estados Unidos sí puede crear más dólares porque controla la institución encargada de emitirlos: la Reserva Federal.

Esto significa que técnicamente es muy difícil que incumpla sus pagos de la misma manera que lo haría un país emergente.

Sin embargo, eso no significa que la deuda sea gratuita.

Crear dinero de forma excesiva puede generar inflación. Cuando aumenta la cantidad de dólares sin que crezca proporcionalmente la producción de bienes y servicios, el valor de la moneda se reduce.

Por esa razón, aunque Estados Unidos posee una capacidad financiera extraordinaria, también enfrenta límites económicos reales.

El costo oculto de la deuda

Durante años, las bajas tasas de interés ayudaron a que el costo de financiar la deuda permaneciera relativamente controlado. Pero ese escenario está cambiando.

La Oficina de Presupuesto del Congreso proyecta que los pagos netos de intereses alcanzarán aproximadamente un billón de dólares en 2026.

Eso significa que el gobierno estadounidense destina más de 3.000 millones de dólares diarios únicamente al pago de intereses.

El dato es relevante porque cada dólar destinado a intereses es un dólar que no puede utilizarse en infraestructura, educación, investigación o salud.

Además, el envejecimiento de la población incrementa la presión sobre programas como el Seguro Social y Medicare, que representan una parte creciente del gasto público.

La combinación de mayores gastos obligatorios y mayores pagos de intereses está generando una trayectoria fiscal cada vez más difícil de sostener.

¿Está perdiendo fuerza el dólar?

Durante décadas, el dominio del dólar pareció incuestionable. Sin embargo, algunos indicadores sugieren que su posición podría estar cambiando gradualmente.

La participación del dólar en las reservas internacionales ha disminuido desde niveles cercanos al 72% a comienzos del siglo XXI hasta menos del 60% en la actualidad.

Al mismo tiempo, países como China, Rusia e India han impulsado acuerdos comerciales utilizando monedas locales. Los bancos centrales también han aumentado significativamente sus compras de oro, buscando diversificar parte de sus reservas.

Sin embargo, hablar del fin del dólar sigue siendo prematuro.

Ninguna moneda alternativa ofrece actualmente la combinación de liquidez, profundidad de mercado, estabilidad institucional y aceptación global que posee el dólar estadounidense.

Por eso, más que un reemplazo inmediato, lo que observamos es una reducción gradual del predominio absoluto que Estados Unidos disfrutó durante décadas.

La pregunta que definirá las próximas décadas

La deuda de Estados Unidos no es solo un problema estadounidense. Es una pieza central del sistema financiero mundial.

Mientras el dólar continúe siendo la principal moneda de reserva, Washington seguirá disfrutando de ventajas que ningún otro país posee. Pero esas ventajas no son infinitas.

Cada año que pasa, los intereses consumen una mayor parte del presupuesto federal. Los déficits continúan acumulándose y los acreedores internacionales exploran lentamente alternativas para reducir su dependencia del dólar.

La verdadera pregunta no es si Estados Unidos puede pagar su deuda hoy. Probablemente sí. La pregunta es si podrá corregir su trayectoria fiscal antes de que los mercados comiencen a exigir condiciones más estrictas para seguir financiándola.

Y esa respuesta no solo determinará el futuro de la economía estadounidense. También influirá en la estabilidad financiera de un sistema global que, para bien o para mal, continúa girando alrededor del dólar.

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