El rearme europeo ya tiene precio. Los aliados europeos de la OTAN (la Organización del Tratado del Atlántico Norte) y Canadá gastarán 634.000 millones de dólares en defensa en 2026, un 11 % más que en 2025, y Rusia planea destinar a defensa 17,1 billones de rublos en 2027, cerca del 35 % de su presupuesto. Una guerra directa entre Rusia y la OTAN no es inevitable, pero ya se está pagando: con el país de los ucranianos, con la salud pública de los rusos, con la deuda de los europeos y con recortes de ayuda al desarrollo que, si se extienden, alcanzarán a varios países de América Latina.
El miedo también está en las encuestas: el 51 % de los europeos consultados en nueve países ve un riesgo alto de guerra con Rusia. Y en Europa ya hay una guerra, que lleva más de cuatro años y medio en Ucrania, el campo de la guerra proxy entre Estados Unidos y Rusia. La pregunta de fondo es si puede extenderse a un choque directo entre Rusia y la OTAN. Para responderla, conviene seguir el dinero: quién gana, quién paga y por qué «inevitable» puede ser la palabra equivocada.
¿Cuánto cuesta la guerra? Cuatro facturas en cuatro países
El presupuesto militar ruso previsto para 2027 ronda los 47.000 millones de rublos al día, unos 555 millones de dólares. Con el metro cuadrado de vivienda nueva a 221.973 rublos, según Rosstat, la oficina de estadística de Rusia, cada hora de ese gasto equivale a unos 175 apartamentos de 50 metros cuadrados. En un año, ese gasto equivale a unos siete de cada diez metros cuadrados de la vivienda que Rusia construyó en 2025.
La comparación más dura es con la salud. Dos horas de gasto militar ruso alcanzan para cubrir todo el programa federal contra el cáncer de 2027, cuyo presupuesto cae de 44.900 millones de rublos a 3.870 millones, aunque parte de ese costo podría pasar al seguro médico obligatorio.
Ucrania gastará en 2026 un récord de 4,4 billones de grivnas en seguridad y defensa, unos 98.000 millones de dólares, financiados en buena parte con un préstamo europeo. Pero su cuenta más grande está en lo destruido: la reconstrucción costaría 587.700 millones de dólares, casi tres veces su PIB.
Alemania gastará unos 147.000 millones de dólares en defensa en 2026, mientras sus municipios arrastran un rezago acumulado de 68.900 millones de euros en edificios escolares. Son presupuestos distintos —uno federal y otro municipal—, pero, al cambio actual, algo más de seis meses de gasto militar alemán equivalen a todo ese rezago. (Sobre el giro de Berlín, véase De fábricas a fusiles: el giro estratégico de Alemania.)
Estados Unidos abrió otro frente. Los primeros seis días de la guerra contra Irán costaron más de 11.300 millones de dólares, según el Pentágono. Con la vivienda mediana estadounidense a 417.500 dólares, esos seis días de operaciones equivalen a unas 27.000 casas, más de 4.500 por día.
Estas cifras son equivalencias, no reasignaciones posibles, porque parte del gasto se financia con deuda. Tampoco se suman, porque mezclan años y conceptos distintos. Lo que muestran es la escala de lo que cada sociedad decide priorizar.
¿Por qué defenderse de un dron sale más caro que atacar?
Un dron de ataque tipo Shahed cuesta unos 35.000 dólares, según el CSIS (Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales). Un interceptor Patriot cuesta 3,87 millones de dólares en el presupuesto del Ejército estadounidense. Derribar el dron con el misil cuesta más de cien veces lo que vale el dron.
Atacar es barato y defenderse es caro. Por eso Ucrania apostó por drones interceptores como el Sting, que según su fabricante cuesta unos 2.100 dólares. Hasta que esa solución se masifique, cada noche de ataques es una factura para quien se defiende y un pedido para quien fabrica misiles.
¿Quién gana con el rearme? Fabricantes de armas y soldados rusos
Los pedidos de misiles tienen destinatarios. Lockheed Martin, fabricante del Patriot, elevó su cartera de pedidos a 230.400 millones de dólares, un 38,3 % más que hace un año, y anticipó más ganancias con el argumento de que las guerras vaciaron los arsenales. En Europa, Rheinmetall, que fabrica munición de artillería y vehículos blindados, cerró junio con 80.500 millones de euros en pedidos y rentabilidad récord. Una cartera de pedidos es ingreso futuro, no ganancia asegurada.
El incentivo también tiene respaldo político. El presidente estadounidense, Donald Trump, propuso un presupuesto militar récord de 1,5 billones de dólares para 2027, aunque una propuesta todavía no es gasto aprobado ni garantiza contratos para estas empresas. El rearme también crea empleo, y por eso tiene defensores fuera de la industria.
En Rusia la lógica cambia. Rostec, el conglomerado estatal de armamento, aumentó sus ingresos un 25 % en 2025, pero su ganancia neta cayó un 42 %. Buena parte del dinero va a los soldados. Un soldado bajo contrato gana unos 2.300 euros al mes, más del triple del salario promedio ruso, y algunas regiones pagan hasta 4,1 millones de rublos por firmar. En las regiones pobres, el contrato militar se volvió un ascenso económico pagado con vidas.
¿Quién paga el rearme europeo? Ayuda al desarrollo, deuda y dependencia
Parte de la cuenta del rearme la paga el Sur Global. Según la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos), la ayuda oficial al desarrollo cayó un 23,1 % en 2025, la mayor caída registrada. Estados Unidos explica la mayor parte, pero Alemania, Francia y Reino Unido también recortaron. Londres fue explícito: bajará su ayuda al 0,3 % del ingreso nacional, y su Parlamento calcula que eso liberará 6.500 millones de libras para defensa. Esa caída alcanza también a los países que reciben cooperación, incluidos varios de América Latina. (Sobre los sectores de Colombia que se mueven con el rearme, véase Impacto sectorial en Colombia del rearme global.)
Ucrania paga con dependencia: el 42,3 % de su gasto de 2026 se financia con recursos externos.
Y Europa no paga por igual. Mientras el noreste del continente gasta como si la amenaza estuviera en la puerta, Italia, Francia y Bélgica apenas superan el 2 % del PIB en defensa y están entre los países más endeudados de la Unión Europea. En Alemania, el nuevo servicio militar voluntario sumó apenas 530 reclutas, y en mayo hubo protestas en más de 130 ciudades. Entre aliados también hay grietas: Estados Unidos alivió la presión sobre el diésel ruso mientras pide a Ucrania que frene sus ataques a las refinerías rusas.
¿Atacará Rusia a Europa en 2029?
¿Y el ataque ruso que tantos anuncian para 2029? La evaluación danesa que alimentó ese debate decía que Rusia podría estar lista para una guerra a gran escala en cinco años si la de Ucrania se congelaba y la OTAN no se rearmaba. Es una estimación de capacidad con condiciones, que suele repetirse como predicción y que también sirve para defender presupuestos.
Los datos de 2026 la matizan. En julio, Rusia ganó unos 38 kilómetros cuadrados en Ucrania, frente a unos 456 un año antes, y su gobierno espera crecer apenas un 0,4 % en 2026.
El riesgo, más que desaparecer, cambia de forma. Entre enero y julio de 2026, Rumania registró 18 incursiones de drones rusos, más que en todos los años anteriores de la guerra juntos. Moscú advirtió formalmente a la OTAN que usaría armas nucleares si la Alianza intentaba aislar Kaliningrado, el enclave ruso entre Polonia y Lituania. Y el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, advirtió que un sabotaje o un piloto desviado podrían desembocar en combate abierto.
¿Es inevitable una guerra entre Rusia y la OTAN?
Aquí aparece el dilema de seguridad: cada país se arma para protegerse y el otro lo lee como amenaza. El canciller ruso, Serguéi Lavrov, dijo que el rearme europeo podría terminar provocando una guerra, mientras la OTAN insiste en que es una alianza defensiva. Cada lado presenta sus armas como respuesta a las del otro. Y los dos efectos pueden convivir: la disuasión sube el costo de atacar, mientras la desconfianza sube el riesgo de un error de cálculo. (Sobre la tensión entre Berlín y Moscú, véase Alemania vs. Rusia: la guerra que nadie declara.)
La historia ofrece un contraejemplo. En 1975, en plena Guerra Fría, 35 países, entre ellos Estados Unidos y la Unión Soviética, firmaron el Acta Final de Helsinki, con medidas de confianza como notificar las maniobras militares. No acabó con la rivalidad, y esa paz europea convivió con guerras en otras regiones, incluida América Latina. Pero mostró que dos bloques armados pueden pactar reglas para no chocar.
Conclusión: qué mirar y qué significa para América Latina
Una guerra entre Rusia y la OTAN no es inevitable, pero ya se está pagando. La pagan los ucranianos con su país, los rusos con su salud pública y los europeos con deuda. Y entre quienes la cobran, los más visibles son los fabricantes de armas.
Dos hitos marcarán el rumbo. El presidente ruso, Vladímir Putin, propuso una cumbre con Trump y el presidente chino, Xi Jinping, en Shenzhen, el 18 y 19 de noviembre, sin Ucrania en la mesa. Si de ahí sale un alto el fuego sobre la línea del frente actual, Rusia podría usar la pausa para reconstruir su ejército. Pero el escenario danés también dependía de que la OTAN no se rearmara, y una Europa que acelere su defensa cambiaría esa ecuación. Si no hay acuerdo, la guerra seguirá desgastando ejércitos y presupuestos, y podrían crecer las dudas sobre el compromiso de Washington con Europa.
El segundo hito llega hacia diciembre, cuando debería concluir la revisión del Pentágono sobre las tropas en Europa. Un recorte importante aumentaría la presión para que Europa reforzara su defensa en menos tiempo.
Y esa factura no se queda en Europa. Reino Unido ya financia parte de su rearme recortando ayuda. Si otros donantes siguen ese camino, los países que dependen de esa cooperación, incluidos varios de América Latina, cargarán con parte del costo. La pregunta que deja este rearme sirve para cualquier país: si tuviera que elegir entre más armas y más escuelas, ¿dónde pondría el límite?
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