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ALEMANIA: ULTRADERECHA gana con 43,8%

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¿Qué ocurre cuando el malestar económico deja de tener un destino ideológico predecible?

Durante buena parte del siglo XX, cuando subían los precios, cerraban fábricas o el salario alcanzaba para menos, el descontento tenía una dirección bastante clara: los partidos que decían representar a los trabajadores, y hoy esa relación se ha roto.

Las últimas semanas en Europa lo muestran con claridad. La inflación de la eurozona llegó al 3,3% en agosto, muy por encima del objetivo del 2% del Banco Central Europeo, impulsada por un aumento del 14,3% en la energía. Y casi al mismo tiempo, en Sajonia-Anhalt, la ultraderecha de Alternativa para Alemania obtuvo el 43,8% de los votos, mientras la Unión Demócrata Cristiana, el partido del canciller Friedrich Merz, cayó al 17,2%.

Pero el dato más interesante no es que la derecha radical haya ganado. Es que el mismo malestar puede producir respuestas políticas completamente distintas.

Alemania, Italia, Francia, Suecia y América Latina ofrecen cinco piezas de un mismo rompecabezas: ¿el elector está girando hacia una ideología concreta o está castigando a quien gobierna cuando siente que su situación empeora?

Alemania: el voto de castigo

Sajonia-Anhalt tiene 83 escaños y se necesitan 42 para la mayoría. Alternativa para Alemania consiguió 39. Ganó con una ventaja enorme, pero no puede gobernar sola.

La democracia cristiana cayó del 37,1% al 17,2% y perdió 25 escaños. Los liberales desaparecieron del parlamento. La participación llegó al 77,8%, más de seis puntos por encima del récord anterior del estado, que databa de 1998.

Conviene precisar algo, esta no es la primera vez que la ultraderecha gana una elección regional alemana: ya había ocurrido en Turingia en 2024. Lo nuevo es que ahora existe una posibilidad concreta de que termine gobernando.

El problema está en los cinco escaños de la Alianza Sahra Wagenknecht, una escisión de la izquierda que combina posiciones económicas sociales con una postura restrictiva frente a la inmigración. Su posición podría resultar decisiva para saber si la ultraderecha convierte su victoria electoral en poder de gobierno.

Y ahí aparece algo curioso, un partido de izquierda podría terminar siendo decisivo para permitir o impedir que gobierne la ultraderecha.

El mismo malestar, distinto voto

La campaña se ganó hablando de inmigración, pero el estado tenía otro problema encima.

Sajonia-Anhalt perdió cerca de una cuarta parte de su población desde 1990, está entre los más envejecidos de Alemania y sus salarios se cuentan entre los más bajos del país. Pero su proporción de extranjeros es de apenas 7,7%, una de las menores del país, y aun así la inmigración fue el eje de la campaña ganadora.

Eso obliga a separar la condición económica de la interpretación política de esa condición. El votante no recibe una ecuación que diga menor crecimiento más inflación igual voto de izquierda. Recibe relatos, y gana el que resulte más fácil de creer.

Proteger la industria, abaratar la energía, defender a quien vive de un salario: todo eso fue vocabulario de izquierda y hoy lo usa la ultraderecha

Por eso importa el contraste con Baden-Wurtemberg. En marzo, en el estado más industrializado del sur alemán, Los Verdes, el partido ecologista que lo gobierna desde 2011, quedaron primeros con 30,2%, apenas por delante de la democracia cristiana con 29,7%. La ultraderecha quedó tercera. La transición energética se explica mejor donde la industria todavía funciona.

Dos regiones del mismo país, dos respuestas completamente distintas a un mismo clima de incertidumbre.

La energía como factura política

Hay un factor que atraviesa a toda Europa: la energía.

Después del choque provocado por la invasión rusa de Ucrania, el continente redujo su dependencia del gas ruso, pero no eliminó su vulnerabilidad. En 2026, el cierre del estrecho de Ormuz llevó al gas europeo de referencia a 73,85 euros por megavatio-hora el 2 de septiembre, su nivel más alto en más de tres años.

La inflación respondió: 1,9% en febrero, 2,5% en marzo, 3,3% en agosto. Y el 10 de septiembre el Banco Central Europeo volvió a subir los tipos de interés.

Para un economista, la distinción con el episodio de 2021 importa: ahora el componente energético explica buena parte del repunte y la demanda juega un papel menor. Para un hogar importa bastante menos. Una familia no siente el modelo macroeconómico. Siente el precio de la luz, del combustible y del mercado.

Un gobierno no controla una guerra ni un bloqueo marítimo, pero electoralmente esa distinción no lo protege. Los gobiernos reciben crédito por las buenas noticias y suelen pagar por las malas, incluso cuando no las provocaron.

Italia: la excepción que complica la historia

Si el argumento fuera simplemente que los gobiernos caen cuando la economía no crece, Italia sería difícil de explicar.

El 4 de septiembre Giorgia Meloni alcanzó 1.413 días consecutivos en el poder y se convirtió en el gobierno más longevo de la República italiana desde 1946.

Su balance tiene dos caras. El déficit bajó de cerca del 8% del producto interno bruto a 3,1% en 2025, la prima de riesgo frente al bono alemán pasó de unos 220 puntos básicos a alrededor de 80, y el desempleo cayó del 8,1% al 5,7%.

Pero el crecimiento fue mínimo: 1,0% en 2023, 0,7% en 2024 y 0,5% en 2025. La deuda pública supera el 137%. Y según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, los salarios reales italianos siguen por debajo de los niveles de comienzos de 2021.

Meloni sobrevive porque el voto no depende solo de la economía. Depende también de qué tan creíble sea la alternativa, y su oposición llega a 2027 empatada en las encuestas, pero sin haber resuelto quién la lidera.

Francia: una puerta abierta a la derecha radical

El 7 de julio el tribunal de apelación de París condenó a Marine Le Pen a tres años de prisión, dos en suspenso, y a 45 meses de inhabilitación de los cuales 30 quedaron suspendidos. Como ya habían transcurrido quince meses desde la sentencia inicial, el fallo dejó abierta la posibilidad de que compita en 2027, mientras su recurso ante el Tribunal de Casación mantiene el escenario jurídico en movimiento.

Las encuestas la sitúan entre el 34% y el 36% en primera vuelta, muy por delante del resto. Pero en Francia la primera vuelta no elige al presidente. La pregunta real es quién llega al segundo lugar, y ahí compiten Édouard Philippe, Gabriel Attal y Jean-Luc Mélenchon.

Mientras tanto el país gobierna sin mayoría. La Asamblea Nacional quedó dividida en tres bloques tras el adelanto de 2024 y el presupuesto de este año terminó aprobándose por decreto, sin votación parlamentaria. Cuando los partidos tradicionales parecen incapaces de acordar, el argumento de la ultraderecha se vuelve sencillo, ellos son el sistema, nosotros la ruptura.

Suecia: el castigo en dirección contraria

Suecia la gobernaba la derecha desde 2022, sostenida en el parlamento por la ultraderecha. El 13 de septiembre el país votó y ese gobierno perdió la mayoría.

El bloque opositor de centroizquierda se impuso al que respaldaba al oficialismo, y los socialdemócratas volvieron a quedar como el partido más votado del país, muy por delante de la ultraderecha sueca.

Suecia también tiene inflación, costo de vida, debate migratorio y problemas de seguridad. Los mismos ingredientes de Sajonia-Anhalt. Y aun así el castigo apuntó al otro lado.

Ese es el punto. En un caso el descontento empuja de la izquierda hacia la ultraderecha. En el otro, de la derecha hacia la socialdemocracia. Lo constante es el castigo, no su dirección.

El espejo latinoamericano

América Latina ofrece un espejo imperfecto. El voto de castigo también existe, y en los últimos dos años tumbó oficialismos en Ecuador, Bolivia, Honduras, Chile, Perú y Colombia. Pero se traduce en algo distinto.

La diferencia es institucional. Con presidencialismo y segunda vuelta, el descontento queda obligado a elegir entre dos nombres, así que produce alternancia limpia, sale un gobierno, entra el contrario. En los sistemas proporcionales europeos ese mismo descontento se reparte entre seis o siete partidos y termina en parlamentos donde nadie reúne una mayoría. Sajonia-Anhalt es el ejemplo exacto.

El castigo tampoco es automático. En Costa Rica, Laura Fernández ganó en febrero con el 48,53% sin necesidad de segunda vuelta, y su partido obtuvo la primera mayoría absoluta legislativa desde 1990 heredando la aprobación del gobierno saliente.

La prueba grande viene el 4 de octubre en Brasil. Datafolha da a Lula 38% frente al 33% de Flávio Bolsonaro en primera vuelta, y 46% contra 44% en un eventual balotaje. Un empate técnico que dirá si el péndulo regional se completa o se frena.

Conclusión

Entonces, ¿qué está midiendo el voto?

Está midiendo el desgaste de quien gobierna cuando la vida se encarece, y ese desgaste no tiene una dirección fija.

Alemania castiga a la democracia cristiana y fortalece a la ultraderecha. Italia mantiene a Meloni porque el castigo existe, pero no encuentra una alternativa armada. Suecia acaba de castigar a la derecha empujando el poder de vuelta hacia la socialdemocracia. Y América Latina muestra que el mismo mecanismo, con otro diseño institucional, produce alternancia en lugar de bloqueo.

Las próximas semanas dan una medida bastante exacta. Este domingo votan Berlín y Mecklemburgo-Pomerania, donde la ultraderecha vuelve a liderar las encuestas. El 4 de octubre vota Brasil. Y en 2027 llegan las elecciones italianas y la presidencial francesa.

El voto de castigo existe. Lo que ya no existe es una dirección única para ese castigo.

El elector no está cambiando de ideología. Está cambiando de confianza.

¿Usted cree que un gobierno puede sobrevivir a una crisis de precios que no provocó, o que el castigo es inevitable?

¿Qué tendría que ofrecer un partido para recuperar a un electorado que se siente peor que hace diez años?

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