¿Puede la derecha ganar casi todas las elecciones de América Latina y aun así gobernar la menor parte de su economía?
Hasta el domingo 25 de octubre, los candidatos de derecha y centroderecha habían ganado 13 de las 17 elecciones presidenciales celebradas en la región desde 2023. Ese día perdieron la más grande: Luiz Inácio Lula da Silva fue reelegido en Brasil con el 51,8 % de los votos, después de haber perdido la primera vuelta. Con Brasil y México, la izquierda sigue gobernando casi seis de cada diez dólares que produce América Latina y el Caribe.
Que la bolsa cayó y el real se debilitó ya lo contaron los noticieros. A continuación repasamos lo que no cuentan: qué se hundió exactamente el lunes, si se acabó el giro a la derecha, qué cambia para cada país y por qué Brasil y México, los dos gigantes, no van a formar un bloque.
El lunes no cayó la economía de Brasil: cayó una apuesta
El lunes 26 de octubre, el Ibovespa, el índice de la bolsa de São Paulo, cerró con una caída del 13,88 %, y el dólar subió un 8,2 % frente al real, hasta R$ 5,40. Fue una de las peores sesiones en casi tres décadas.
Suena a catástrofe, pero una bolsa no mide la economía de un país. Mide una expectativa: lo que los inversores esperan de los beneficios de las empresas y de las tasas de interés. Y lo que esperaban era otro ganador. La última encuesta de Datafolha ponía a Flávio Bolsonaro un punto por delante (48 % frente a 47 %), y muchos inversores habían comprado acciones pensando en su programa, que prometía un ajuste fiscal de 1,5 % del PIB en 18 meses.
La economía real, ese lunes, era la misma que el viernes. Según el IBGE, Brasil creció en promedio un 3 % al año entre 2023 y 2025, y su desempleo está en el 5,3 %, muy cerca del mínimo histórico.
Además, la película ya se vio. Tras la victoria de Lula en 2022, la bolsa también cayó: en noviembre de ese año perdió un 3 % por las dudas fiscales, y en marzo de 2023 cerró por debajo de los 98.000 puntos. Terminó 2023 en récord histórico, con una subida de más del 22 %. Eso no garantiza que se repita, pero sí obliga a desconfiar del titular.
El círculo que Lula tiene que romper
Lo que sí importa está en las cuentas públicas. La deuda bruta del Estado llegó en agosto al 82,9 % del PIB, según el Banco Central do Brasil, y la Selic, la tasa que fija el banco central, está en el 13,75 %. Descontada la inflación esperada, Brasil tenía en septiembre la tasa real más alta de 40 economías, según el ranking de MoneYou.
Es un círculo: con tasas así, los intereses de la deuda crecen más rápido que la economía; y con una deuda que crece, el banco central no se atreve a bajar las tasas. El programa de Lula promete un superávit de alrededor de 1,3 % del PIB en 2030, un camino más lento que el de su rival, como explicamos al comparar los dos modelos económicos que se jugaban en esta elección.
Si logra romper ese círculo, la caída del lunes habrá sido una sobrerreacción. Si no, habrá sido un aviso. La primera señal llega pronto: el Comité de Política Monetaria decide las tasas el 3 y el 4 de noviembre.
¿Ola de derecha o voto de castigo?
El mapa político de los últimos tres años parece contundente. Javier Milei en Argentina, Daniel Noboa reelegido en Ecuador, Rodrigo Paz en Bolivia, José Antonio Kast en Chile, Nasry Asfura en Honduras, Laura Fernández en Costa Rica, Keiko Fujimori en Perú y Abelardo de la Espriella en Colombia. A ellos se suman Paraguay, El Salvador, Panamá y República Dominicana. Del otro lado, hasta el domingo, la centroizquierda solo había ganado tres: Bernardo Arévalo en Guatemala, Claudia Sheinbaum en México y Yamandú Orsi en Uruguay.
Por eso muchos esperaban que Brasil fuera la pieza que faltaba. No lo fue. ¿Significa que se acabó la ola? Probablemente no. Pero quizá nunca fue del todo una ola de derecha.
El politólogo Steven Levitsky, profesor de Harvard, lo describe como una rebelión contra los oficialismos: la mayoría no vota a la derecha por ser de derecha, sino porque es la alternativa a quien gobierna. Marta Lagos, directora del Latinobarómetro, lo resume en una frase: “Hoy el voto no es ideológico, es pragmático”.
Los datos de este año le dan la razón. Kast perdió diez puntos de popularidad en su primer mes de gobierno, tras anunciar una subida de los combustibles. La aprobación de Keiko Fujimori cayó al 28,3 % en octubre, según LatAm Pulse. Los votantes no se casaron con la derecha: castigan a quien gobierna cuando la vida se encarece.
Visto así, lo raro de Brasil no es que haya ganado la izquierda, sino que haya ganado el que ya gobernaba, en una región donde la mayoría de los oficialismos ha perdido. Y lo hizo por la mínima.
Contar países engaña: la izquierda gobierna más economía
Según el Fondo Monetario Internacional (World Economic Outlook de octubre de 2026), Brasil y México suman este año el 58,7 % del PIB de América Latina y el Caribe. Brasil aporta el 32,3 % y México el 26,5 %. Les siguen, muy lejos, Argentina (9,3 %), Colombia (7,0 %), Chile (4,9 %) y Perú (4,9 %).
La conclusión es incómoda para cualquier lectura simple del mapa: la derecha gobierna más países, pero la izquierda gobierna más economía.
Aliados, no socios: Brasil, México y sus clientes
Aquí está lo que menos se está contando. Lula y Sheinbaum son aliados políticos. Sheinbaum celebró el triunfo de Lula como “una bocanada de aire fresco” para la región, y Pemex y Petrobras avanzan hacia una cooperación más estrecha. Pero sus economías miran hacia lados opuestos.
México le vendió a Estados Unidos el 83,7 % de todo lo que exportó en 2025, según el INEGI. Brasil, en cambio, le vendió a China el 28,7 % de sus exportaciones, y a Estados Unidos apenas el 10,8 %, según la Secretaría de Comercio Exterior.
¿Y entre ellos? El comercio bilateral alcanzó unos 18.500 millones de dólares el año pasado, según Bloomberg: su segundo mejor año desde 1980, pero unas 30 veces menos de lo que México le vende a Estados Unidos. Dos aliados políticos con las dos economías más grandes de la región, y casi sin comercio entre ellos.
Qué cambia para cada país
Argentina. Brasil es su principal socio comercial: el intercambio superó los 31.000 millones de dólares en 2025, y en 2024 más de la mitad del trigo exportado por Argentina (53 %) fue a Brasil, según la Bolsa de Comercio de Rosario. Milei y Lula tienen una de las peores relaciones personales de la región y, aun así, las exportaciones argentinas a Brasil crecieron un 4 % en el primer semestre de este año. La economía no siguió a la política.
Mercosur. La continuidad de Lula mantiene en marcha el acuerdo con la Unión Europea, que se aplica de forma provisional desde el 1 de mayo.
Chile y Perú. Para ambos, China es el primer cliente: Perú le vendió el 36,2 % de sus exportaciones en 2025, según Mincetur. Que Brasil, otro gran proveedor de minerales y alimentos a China, siga cerca de Pekín mientras Washington busca aliados en la región es parte del nuevo tablero. Una señal de pragmatismo: Kast, desde la derecha, felicitó a Lula y habló de “mucho futuro en común”.
Colombia. Su caso es distinto. Su primer cliente es Estados Unidos, que compró el 29,6 % de lo que exportó en 2025, mientras China se quedó con poco más del 3 %, según el DANE. Brasil fue su cuarto destino, por delante de China. Para Colombia, Brasil no es un rival en Pekín, sino uno de sus principales clientes. Y su presidente, Abelardo de la Espriella, gobierna desde la derecha una economía que depende más de Washington que de Pekín.
México. Brasil puede ser una pieza de diversificación, pero no un sustituto de Estados Unidos.
España. El impacto del lunes fue directo. Brasil aporta cerca del 15 % del beneficio del Banco Santander, y a Telefónica, que opera allí como Vivo, el 28 % de sus ingresos.
Las dos líneas que de verdad parten la región
¿Brasil y México van a formar un bloque? No. La izquierda mexicana depende del tratado comercial con Estados Unidos y Canadá; la brasileña, de la soja, el hierro y el petróleo que compra China.
Por eso el mapa de América Latina no se parte en izquierda y derecha. Se parte en dos líneas que cruzan a los dos bandos. La primera es comercial: los que tienen a Estados Unidos como primer cliente (México, con un gobierno de izquierda, y Colombia, con uno de derecha) y los que tienen a China (Brasil, con la izquierda, y Chile y Perú, con la derecha). La segunda es la paciencia del votante: gobierne quien gobierne, tiene dos o tres años para que la gente note que la vida le cuesta menos, o lo reemplazan.
Hasta en Brasil la etiqueta se queda corta. Lula gobernará con el Congreso más conservador desde el regreso de la democracia, con el partido de Bolsonaro y sus aliados en mayoría en las dos cámaras: la izquierda tendrá la presidencia, pero el presupuesto lo negociará con la derecha.
Así que no, no se acabó la ola de derecha. Pero tampoco empezó una de izquierda. Lo que decidirá las próximas elecciones de la región, como la de Argentina en 2027, no es el color del gobierno, sino quién consigue bajar el costo de la vida y el costo del dinero.
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