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Deuda de EE. UU. rompe los US$40 billones

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¿Hasta dónde puede endeudarse el país que emite la moneda en la que ahorra el resto del mundo? La pregunta dejó de ser teórica este año. El 18 de agosto de 2026, la deuda del gobierno de Estados Unidos llegó a 40,05 billones de dólares. Sumar el último billón le tomó apenas cinco meses. Y en septiembre, el rendimiento del bono del Tesoro a diez años tocó brevemente 5,04%, su nivel más alto desde 2007.

Ese tercer dato es el que cambia la historia. El tamaño de la deuda estadounidense lleva décadas creciendo sin consecuencias visibles. Lo que cambió en 2026 fue el precio. Aquí analizamos qué hay detrás del hito, quién le presta realmente a Estados Unidos, cuánto le cuesta hoy ese dinero y qué parte de esa factura termina llegando a América Latina.

La velocidad dice más que el número

La trayectoria reciente es la parte reveladora. La deuda cruzó los 37 billones en agosto de 2025, los 38 billones el 21 de octubre de ese mismo año, los 39 billones en marzo de 2026 y los 40 billones cinco meses después.

Para dimensionar la aceleración sirve una comparación que no viene de la prensa sino de la propia contabilidad oficial. En 2023, la Oficina de Presupuesto del Congreso, la CBO por sus siglas en inglés, proyectaba que ese umbral de 40 billones se alcanzaría en 2028. Llegó dos años antes. Esta fue la suma de decisiones tomadas entre 2025 y 2026.

Cuánto es realmente un billón de dólares

Las cifras de esta escala pierden significado al repetirlas, así que vale la pena traducirlas. Un billón es un millón de millones, lo que la prensa estadounidense llama un trillion.

Pagando un millón de dólares diarios, sin intereses, saldar esa deuda tomaría unos 110.000 años. Medida contra otras economías, la deuda estadounidense supera el producto interno bruto combinado de las cinco economías que le siguen en el mundo: China, Alemania, Japón, Reino Unido e India. Equivale a unas 74 veces todo lo que Colombia produce en un año, que el Fondo Monetario Internacional proyecta cerca de 540.000 millones de dólares para 2026.

Y en términos personales, esa deuda equivale a unos 117.000 dólares por habitante de Estados Unidos. Con la tasa de cambio de mediados de septiembre y con el salario mínimo colombiano de 2026, un colombiano necesitaría unos 17 años de trabajo para reunir lo que le corresponde a un solo estadounidense. Esa deuda no la debe nadie fuera de Estados Unidos, pero la comparación muestra el tamaño del compromiso que respalda cada ciudadano de ese país.

De dónde sale el hueco

El gobierno gasta más de lo que recauda, y la diferencia se cubre emitiendo deuda. La CBO estima que el déficit del año fiscal 2026 llegará a 2,1 billones de dólares, unos 200.000 millones más de lo que proyectaba en febrero.

Tres factores explican el deterioro reciente. El primero es la reforma tributaria de 2025, que según la propia CBO aumenta los déficits en 4,7 billones entre 2026 y 2035, y que ya se nota en el recaudo, ya que los impuestos corporativos cayeron 25% en once meses. El segundo es el frente arancelario. En febrero, la Corte Suprema declaró que el presidente no podía imponer aranceles mediante poderes de emergencia, y aunque el gobierno los reemplazó en julio con un esquema de 10% y 12,5% bajo otra figura legal, el recaudo quedó muy por debajo de lo previsto.

El tercero es la guerra con Irán, y conviene ponerla en perspectiva. La CBO calculó su costo directo para el Pentágono en 38.000 millones de dólares hasta julio. Es mucho dinero, pero es menos del 2% del déficit anual. El motor de fondo sigue siendo estructural: pensiones, salud e intereses.

Quién le presta a Estados Unidos

Aquí conviene separar dos cosas. Del total, unos 32 billones corresponden a la deuda en manos del público, es decir, la que efectivamente se les vende a inversionistas en el mercado. El resto son cuentas internas del Estado, sobre todo fondos de pensiones públicos que le prestan al Tesoro.

De esa deuda de mercado, los tenedores extranjeros suman unos 9,25 billones de dólares, cerca de tres de cada diez dólares, y en julio cayeron a su nivel más bajo en nueve meses. El mayor acreedor externo sigue siendo Japón, con cerca de 1,1 billones, seguido del Reino Unido, que subió hasta 998.300 millones, y de China, que bajó a 618.000 millones, su nivel más bajo desde 2008. Aunque China viene reduciendo su posición desde hace más de una década, y parte de lo que aparece a nombre del Reino Unido corresponde a custodios e intermediarios financieros internacionales que registran allí sus posiciones.

Estados Unidos se financia sobre todo con su propio ahorro interno, y eso le da una autonomía que ningún país emergente tiene. El riesgo no está en que un acreedor extranjero decida cobrar, sino en el precio que todos ellos exigen.

El precio de la deuda

Ese precio ya se está pagando. Los intereses netos de la deuda llegan a un billón de dólares en 2026 y superan los 885.000 millones que la CBO proyecta para defensa nacional. Son el rubro que más rápido crece del presupuesto federal.

El problema es que ese costo se define cada vez que el Tesoro refinancia deuda vieja, y ahora lo hace a tasas mucho más altas. En septiembre, la Reserva Federal, dirigida por Kevin Warsh, subió su tasa por primera vez en tres años hasta un rango de 3,75% a 4%, y anticipó al menos un alza más, presionada por la inflación y por el petróleo encarecido por el conflicto en Medio Oriente.

El Tesoro intentó contener la presión. Su secretario, Scott Bessent, elevó el tope de las recompras de bonos largos de 2.000 millones por operación a al menos 4.000 millones, y la primera bajo esa regla se anunció por hasta 6.000 millones. Aun así, compró 5.190 millones y las tasas siguieron subiendo. Una operación de este tamaño difícilmente cambia el problema de fondo, que es un déficit cercano a dos billones de dólares al año.

El privilegio del dólar y su límite

Estados Unidos conserva ventajas que nadie más tiene. Emite la moneda de reserva del mundo, su mercado de deuda es el más líquido del planeta y sus acreedores son mayoritariamente domésticos. Por eso la palabra quiebra no aplica en el sentido clásico.

La CBO estima que la deuda en manos del público pasará de 101% del producto interno bruto este año a 120% en 2036, por encima del récord de 106% que dejó la Segunda Guerra Mundial en 1946. Con una diferencia relevante, ya que en 1946 había una guerra mundial que explicaba el endeudamiento y una posguerra de crecimiento acelerado que permitió reducirlo. Hoy no existe ninguna de las dos cosas. El Fondo Monetario Internacional, midiendo el gobierno general, calcula que la deuda superaría 140% del producto interno bruto en 2031.

Lo que le llega a América Latina

Cuando sube el rendimiento de los bonos estadounidenses, sube el piso de todas las tasas del mundo. Este año, el papel del Tesoro a diez años pasó de 4,17% a 4,70% antes del salto de agosto, y esa referencia es la que usan los inversionistas para decidir cuánto cobrarle a cualquier otro gobierno.

La transmisión, sin embargo, no está siendo la de otras épocas. En ciclos anteriores, un alza de las tasas estadounidenses disparaba el riesgo país de la región en bloque. Esta vez, la caída del riesgo soberano en la mayoría de mercados emergentes ha compensado el aumento de la tasa libre de riesgo, sostenida por cuentas fiscales más ordenadas y precios altos de materias primas. El golpe llega desigual, y se siente más en las monedas y en el margen que tiene cada banco central para bajar sus tasas.

Donde sí se ve el efecto acumulado es en los presupuestos. Con una deuda pública regional que promedia 50,8% del producto interno bruto, varios países ya destinan una porción enorme de sus ingresos solo a pagar intereses y amortizaciones: 41% en Ecuador, 40% de los ingresos tributarios en Paraguay, 31% en Colombia. Cada punto que sube la referencia estadounidense encarece la próxima renovación de esa deuda, y ese costo se cobra en el mismo presupuesto del que salen la salud, la educación y la inversión pública.

Conclusión

El hito de los 40 billones es un titular, pero el dato relevante está en el costo de sostenerlos. Estados Unidos pasó de endeudarse barato a endeudarse caro, y esa transición ocurre mientras el gasto en pensiones, salud e intereses crece más rápido que los ingresos.

Hay tres fechas que van a marcar los próximos meses. El 30 de septiembre cierra el año fiscal y se conocerá el déficit definitivo. En noviembre llegan las elecciones de mitad de período, que definen si hay algún margen político para un acuerdo fiscal. Y el 11 de diciembre vence el presupuesto vigente, con riesgo de un nuevo cierre de gobierno.

Mientras el Tesoro estadounidense siga captando ahorro global a tasas cercanas al 5%, la competencia por ese capital se endurece y el financiamiento se encarece para todos los demás. Los países que lleguen a esa competencia con cuentas ordenadas pagarán una prima menor. Los que lleguen con déficits abiertos pagarán la suya y, además, la del ciclo global.

Ahora quiero leerlos. ¿Creen que Estados Unidos puede corregir su trayectoria fiscal sin una crisis que lo obligue? ¿Y qué debería hacer un país como el suyo para protegerse de un mundo con tasas altas durante años?

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