La energía dejó de ser un tema de precios del barril y se convirtió, en palabras de Angie Gildea, líder global de Oil & Gas de KPMG, en “el tema definitorio” de la competencia económica, tecnológica y de liderazgo de esta década. Su tesis es sencilla y contundente: la volatilidad —guerras, bloqueos de estrechos, avances tecnológicos inesperados— ya es la norma, y lo único que separa a los países que prosperan de los que se quedan atrás es su capacidad de adaptabilidad y resiliencia. La transición energética, insiste, no es una guerra entre renovables y combustibles fósiles: es una expansión, no un reemplazo, y cada región construye su propia mezcla según sus recursos, su geopolítica y sus ambiciones.
Artículos Especiales: análisis y cifras
Colombia vive esa tensión en carne propia. El petróleo y el gas siguen representando cerca del 5% del PIB y, junto al carbón y la minería, más del 43% de las exportaciones del país, mientras enfrenta el fenómeno de El Niño más fuerte en años, un déficit de gas que compromete la confiabilidad del sistema, y una discusión política atascada entre licencias ambientales, subsidios insostenibles y la urgencia de recuperar la confianza institucional para ejecutar proyectos.
Al final, encuentras que en energía: sobra diagnóstico, lo que falta es velocidad de ejecución.
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